martes, 19 de julio de 2011

LEGITIMIDADES (cartas de TOMAS SEGOVIA)

LEGITIMIDADES


Querido Matías Vegoso:


Sí, claro, cuando te digo que la democracia ha perdido la legitimidad, no puedo darte ninguna prueba irrefutable de eso y ni siquiera puedo definir con precisión lógica y sin ambigüedades la idea de legitimidad. Es que el terreno donde nos movemos, querido Matías, desde la política hasta la moral pasando por el sentido de la historia, es un terreno que se le escurre irresistiblemente entre los dedos al conocimiento científico. Aquí no hay teoremas ni demostraciones ni ecuaciones; aquí toda afirmación no es una conclusión sino una postura. Las opiniones de los expertos son tomas de posición tanto como las mías, y las armas de unos y otros no serán el silogismo o la prueba experimental, sino el poder de convicción de la coherencia, la claridad y la riqueza de sentido. Aunque a veces a esto le llamen análisis, es claro que no lo es en el sentido en que lo es un análisis químico o un análisis de sangre: visto así, todo eso no analiza sino que interpreta.


Así que me declaro todo lo contrario de un “analista” político para tratar de convencerte de la pérdida de legitimidad de la democracia moderna. Para la idea misma de legitimidad, tú y yo leímos a su debido tiempo a Max Weber y por ahora puede bastarnos esa lectura para entendernos, matizando tal vez, como hice en mi carta anterior, con cierta insistencia en la idea de consentimiento. Hasta hace relativamente poco, parece que hubo un vago consenso sobre la legitimidad de la historia, que parecía tener una orientación en la que a los modernos nos era posible consentir. De Marx a Benedetto Croce, todos parecían aceptar que la historia, a través de tropiezos, dificultades y traspiés, iba en conjunto ganando en coherencia y racionalidad. Una dificultad de gran calado fue, en la versión marxista de ese optimismo, la tentación totalitaria. Pero a fines del siglo XX la historia dio la palma a la democracia, y nadie dudó ya de que no hay justicia sin democracia. Esa victoria, como todas las victorias, acarreaba un peligro de arrogancia intransigente, y más adelante trataré de mostrarte lo peligroso de esa actitud frecuente entre tus amigos de repudio total del marxismo. Los más sensatos, aunque no los más numerosos, prefieren pensar que el lado bueno del marxismo es que contribuyó a muchas de las conquistas sociales que fueron la gloria de las democracias sociales o sociedades del bienestar, hijas radiantes del capitalismo y la revolución.

 

[Leer toda la carta]

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